EL DÍA QUE LO COMPRENDÍ

Sí, lo reconozco. He vivido muchos años equivocada, engañándome a mí misma pensando que el único sitio en el que podría encontrar la felicidad era en una talla 36. Sí, tan absurdo y grave a la vez como eso.

Hay que tener mucho cuidado con lo que se desea porque, en mi caso, por suerte o por desgracia, se hizo realidad. Conseguí esa talla 36 que tanto anhelaba. Ahora bien, ni os imagináis a qué precio.

La sorpresa es que la talla 36 no trajo consigo, ni mucho menos, esa felicidad y autoestima que siempre había creído que dicho número podría darme. Se trata de un momento en el que se te rompen todos los esquemas, pues -aunque tardas más tiempo del deseable- empiezas a darte cuenta de que, quizá, estabas equivocada desde hace años, lo cual es difícil de identificar y aún más de reconocer.

Sin embargo, aquellas lecciones que nos negamos aprender son las que se repiten una y otra vez en nuestra vida, hasta que queramos verlas. Nosotros igual nos cansamos pero la vida no. Ella sigue repitiendo el mismo patrón sin descanso hasta que te des cuenta, no entiende de pereza. Ella sólo repite y repite, hasta que tú quieras.

Y así pasaron los años, viendo situaciones que se repetían una y otra vez en mi vida y que me negaba a reconocer y aceptar. Hasta que, un buen día, también por suerte o por desgracia, perdí el único sustento en el que había depositado toda mi sensación de felicidad y autoestima: la famosa talla 36. Sin saber cómo, cuándo ni por qué, la perdí. Así de caprichosa es la vida, está dispuesta a quitarte aquello a lo que más apego tengas -y todo como último recurso por no haber sido capaz de aprender por ti mism@ la lección previamente con todos los avisos que recibiste-.

Fue en ese momento, en el que perdí lo que más valoraba en mi vida, en el que descubrí la gran lección que entrañaba esa pérdida: NO SOY UNA TALLA, NUNCA LO HE SIDO Y NUNCA LO SERÉ. Tuve que aprender a quererme más a mí misma, indagando en otras cualidades que pudieran reforzar mi autoestima, mucho más allá de un físico. Y, por suerte, gracias a la situación extrema que me regaló la vida, las encontré.

Ahí comprendí que somos mucho más que un físico y que, es más, nuestra imagen no es más que un vivo reflejo de nuestro mundo interior. Nada más ni nada menos que eso: un reflejo. Ni la talla ni la imagen fueron nunca el problema y, por tanto, nunca podrán ser la solución.

Lo cierto es que me ha costado muchos años entender esto, que me parece una lección fundamental y que me hubiera gustado que algo o alguien me la hubiera transmitido antes; gracias a ella, soy capaz de tener otra amplitud de miras y de identificar en mí cualidades que antes no veía.

Podría decirse que la vida me hizo un gran regalo, un periodo largo de mucho sufrimiento que escondía un crecimiento increíble, que hoy en día no sé si pudiera haber alcanzado de otra forma. Ahora sé que puedo tener una talla 36, por qué no, pero también sé, POR FIN, que mi felicidad no va a depender nunca más de ello.

DIVORCIOS NECESARIOS

Hay divorcios que quizá sean muy necesarios -vaya por delante que nunca me he casado en el sentido estricto de la palabra, por lo que probablemente sea la persona menos indicada para utilizar este término, no obstante, me aventuro a utilizarlo como símbolo-.

Por ejemplo, hace bastante tiempo que decidí empezar a vivir sin esperar nada en concreto de nadie. Se trataba de este círculo vicioso de pensamientos que consiste, básicamente, en lo siguiente: «yo creo que he hecho por ti X»; por lo tanto, «esperaría de ti Y»; y, al final, lo que se materializa en realidad es «Z» (o nada en el peor -o mejor, según se mire- de los casos).

En definitiva, me di cuenta de que esperar algo en concreto de alguien era totalmente absurdo. Primero, porque uno no sabe cómo percibió la otra persona algo que TÚ CREES que hiciste por ella (cuando, a lo mejor, ni siquiera esa persona te pidió -e incluso quería- que hicieras nada POR ella). Segundo, porque es realmente difícil que nuestra interpretación de la realidad coincida con nuestra idea previa de cómo ‘tenía que ser’ tal realidad. Y tercero, porque, básicamente, «EL QUE ESPERA, DESESPERA» (en cualquier ámbito de la vida).

Podría decirse entonces que, en su momento, me divorcié de las «expectativas externas». Quizá, como cualquier divorcio, el proceso fue extraño y complicado al principio. Pero, quizá también, como cualquier divorcio necesario y/o exitoso, la decisión dio lugar a una nueva forma de vida mejorada, caracterizada por un mayor bienestar mental y llena de beneficios inesperados.

Sin embargo, me llama la atención que, en casi 30 años de vida, en ningún momento me había planteado hasta ahora qué hay de las «expectativas internas/propias» y cómo es mi relación con ellas [más que nada, para valorar si debiera estar vinculada a ellas ‘hasta que la muerte nos separe’ o si, a lo mejor, quizá sea necesario emprender otro proceso de divorcio amistoso].

En el momento en el que una duda asalta tu mente, es habitual que te plantees los distintos escenarios para tratar de llegar a una conclusión que sea, más o menos, acertada. Ahí va mi experiencia personal de este proceso:

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Escenario 1 – Vivir CON expectativas

Descripción: básicamente, tener una idea preconcebida de cómo debería ser tu vida en los diferentes ámbitos vitales (salud, trabajo, familia, amor, vida social, desarrollo personal & profesional, etc.).

Eje temporal predominante: FUTURO.

Resultado: GAME OVER – TRY AGAIN! (o, peor aún, «INSERT ‘COINS’ TO CONTINUE»).

Escenario 2 – Vivir SIN expectativas

Descripción; básicamente, no PRE-ocuparte de cómo CREES que debería ser tu vida y limitarte, ni más ni menos, que a vivirla (tal y como sea en cada momento).

Eje temporal predominante: PRESENTE.

Resultado: WELL DONE – CONTINUE PLAYING 😉

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De un vistazo, la conclusión parece ser bastante clara: mi proceso de divorcio de las EXPECTATIVAS es más que necesario. No obstante, profundizando un poco más, reflexionaba lo siguiente:

Al plantearme el primer escenario (vivir CON expectativas) he tenido dos noticias, una mala: me he dado cuenta de que mi relación con las expectativas propias que tengo (o tenía) de cómo debería ser mi vida y yo misma no es recomendable ni la opción más inteligente -es más, diría que no tiene ningún sentido-; y una buena: me he dado cuenta de ello.

Al plantearme el segundo escenario (vivir SIN expectativas) lo que he tenido ha sido una especie de ‘revelación’ y miles de preguntas; ¿qué sentido tiene PRE-ocuparse por un futuro que aún no existe?, ¿qué consecuencias tiene hacerlo? y, la más importante, ¿cuál es el coste de oportunidad de este ‘modo de vida’?

Pues bien, en mi opinión, ahí está la clave, en el COSTE DE OPORTUNIDAD.

¿Por qué? ->

Hoy en día, se sabe que la atención es limitada y, por tanto, cuando nos enfocamos tanto en idealizar el FUTURO, la consecuencia inevitable es que no somos prácticamente capaces de ver (y valorar) el PRESENTE.

De esta forma, si no reaccionamos por algún motivo, es muy probable que, ayudados -¡cómo no!- de la mente lógica / racional, vayamos construyéndonos una ‘estupenda’ realidad paralela basada en las EXPECTATIVAS, y en la que el sufrimiento y la frustración, tarde o temprano, están más que asegurados [al menos yo, no conozco a nadie a quien la realidad se le presente tal y cómo a él/ella le gustaría y había proyectado previamente en su mente].

En definitiva, ya sea pronto o tarde, ha llegado el momento en mi vida de emprender un nuevo proceso, el de divorciarme de las expectativas (esta vez de las propias).

Intuyo que no será fácil, pues lo cierto es que son 29 años de muy estrecha relación con ellas (diría hasta que las tengo mucho cariño), por lo que no tengo ni idea de cómo abordar el proceso ni de por dónde empezar a DESAPRENDER.

Sin embargo, me lo voy a tomar como una especie de experimento o, mejor aún, como un juego [y es que, quizá, esto de vivir no sea nada más ni nada menos que eso, un JUEGO].

En fin, ¿será otro divorcio necesario / exitoso? El tiempo (PRESENTE) dirá…

– TO BE CONTINUED – 

 

Cuando lo tienes todo (aparentemente)

Dicen que cuando menos te lo esperas va la vida y te sorprende. Y qué cierto es. La verdad es que lo llevaba intuyendo (y comprobando) desde hace bastante tiempo pero, una vez más, por si se me había olvidado, la vida me ha vuelto a regalar una gran lección…

…Érase una vez una chica que, actualmente, se podría decir que lo tenía todo (al menos, todo lo necesario para llevar una vida plena). Ese pack de «todo» incluye una familia sana, un buen trabajo, un buen estado físico, una mente lúcida, personas que la quieren y con las que compartir buenos momentos, un coche nuevo que le encanta, e incluso, había conseguido ilusionarse con un chico en los últimos meses (cosa que no es fácil que le ocurra).

Para completar el pack, creía que en este momento sólo le faltaba una cosa, algo que llevaba esperando casi un año por retrasos ajenos a su voluntad. Esta cosa (y quizá ese sea el problema, que olvidó que se trataba de una «cosa», es decir, algo material) es una casa nueva. Sí, por fin le habían entregado su casa en Madrid, eso que le devolvería su espacio, vivir de nuevo con total independencia, estrenar, ordenar, decorar… En fin, parecía que el cielo se abriría una vez tuviera su nuevo hogar, después de la larga espera.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El cielo no sólo no se ha abierto, sino que ha dejado paso a un gran vendaval, cargado de nubes grises y un sinfín de reacciones y sentimientos, nada buenos, que no le han dejado más que una profunda sensación de vacío interior. «¿Qué es lo que ocurre? ¿Cómo puede ser? Se pregunta esta chica desconcertada…».

Pues bien, lo que ocurre no es, ni más ni menos, que esta chica (la misma que está escribiendo estas líneas, por cierto) había olvidado, una vez más, que lo material no trae consigo la felicidad. Nunca ocurre así.

Es más, esta chica había sido tan ilusa todo este tiempo que creía que el estreno de su casa nueva haría desaparecer -así, como por arte de magia- a uno de los mayores fantasmas de su vida (por denominarlo de alguna manera). Este fantasma tiene nombre y apellidos y, por todas aquellas personas que nos hemos sentido atrapadas por él en algún momento, se merece sacarlo a luz: el fantasma se llama «trastorno de alimentación«. Y es aquí donde empieza (o acaba) toda la historia, porque es tal el poder de este fantasma que, con su mera presencia, es capaz de nublarlo absolutamente todo.

Es por tanto en este momento, en el que el fantasma ha vuelto a aparecer en mi vida con más fuerza que nunca, en el que estoy intentando descifrar e interiorizar la nueva gran lección de vida que trata de aportarme con su presencia. Y es que, en mi opinión, un trastorno de alimentación (aunque lo denomine fantasma por lo difícil que te hace la vida) en realidad no es sino un ‘despertador‘ para las personas que lo sufrimos. Algo que necesitamos interpretar y que aparece porque hay algún aspecto que no funciona bien en nuestro interior, aunque todavía no sepamos qué es. Y, sobre todo, es algo que nos va a convertir, inexorablemente, en personas reforzadas una vez consigamos entender por qué nos ocurre y seamos capaces de superarlo.

Sin embargo, con conocimiento de causa, puedo decir que la superación de un problema de este tipo (en el que, por algún motivo y sin fecha aparente de caducidad, has decidido que tu sensación de bienestar y felicidad depende casi exclusivamente de lo que diga el número de una báscula y/o de la imagen que crees que proyecta un espejo) no es sencilla y ni mucho menos rápida.

Es más, todavía no tengo absolutamente ni idea de cómo interpretar que, justo ahora, cuando todo en mi vida debía ir sobre ruedas y, aparentemente, no me faltaba nada para ser mínimamente feliz, esté de nuevo aquí el fantasma, acompañándome… [En cualquier caso, estoy segura de que con el tiempo descifraré cuál es la nueva lección del fantasma y hasta nos haremos amigos].

Sin embargo, en estos años de estrecha y complicada convivencia con el fantasma, sí he aprendido no obstante otras lecciones que me siento en la obligación de aplicar y divulgar, por si le fueran de utilidad a alguien. En concreto, destacaría dos:

«Si quieres ir rápido, camina solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado»; en mi caso, fui capaz de mantener oculto este problema a las personas que más quiero (mis padres y mi hermana) durante aproximadamente 4 años. ¿De qué sirvió? De absolutamente NADA. Todavía no me han dado ninguna medalla por haber sufrido en silencio para que otros no sufrieran. Tampoco he ganado el Óscar a la mejor actriz revelación ya que mi mirada, en el fondo, no engañaba. Por eso, creo que ha llegado el momento de compartirlo abiertamente, no sólo con las personas que más quiero, sino con todas aquellas otras personas que puedan estar pasando por algo parecido, para que nunca olviden que no están SOL@S, ni lo estarán jamás.

«What defines us is how well we rise after falling»; hoy en día se habla mucho de RESILIENCIA, siendo incluso una competencia muy valorada en el ámbito laboral. Según la RAE, la resiliencia es la «capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas». En mi experiencia, las personas que sufren un trastorno de alimentación saben muy bien lo que es la resiliencia y suelen ser el más vivo ejemplo de este concepto; puedes estar viviendo uno de los peores momentos de la enfermedad y, aun así, ser capaz de ir a dar lo mejor de ti en un trabajo, un examen, una cita, etc., (e incluso te atreves a intentar aparentar que todo está bien -y lo cierto es que muchas veces se consigue-). En definitiva, la lección es que no importa el número de veces que te caigas (que suelen ser muchas) ni cuánto duelan las caídas, sino que lo más importante es encontrar siempre el modo de levantarse, e incluso seguir construyendo una mejor versión de ti mismo [me imagino que el truco/reto de todo esto debe estar en conseguir evolucionar a nivel personal, sin que sea ‘necesario’ caerte previamente].

En definitiva, con esta nueva entrada en el blog lo último que querría es alarmar a las personas que me conocen y me aprecian, entre otras cosas porque, afortunadamente, en mi caso estoy ya en una fase muy avanzada de la recuperación, simplemente me ha tocado recibir una nueva gran lección 😉

Sin embargo, sí creo que esta gran lección puede extrapolarse a otras vidas en general; vidas de personas que, como yo, hayan podido llegar a pensar por un instante que algo de carácter material les traería un gramo de felicidad.

P.D. Moraleja:

• No te fíes nunca de las apariencias. Las personas esconden mucho más de lo que muestran. Hay grandes tesoros (y sombras) en el interior de cada uno. La clave está en atreverse a descubrirlos cuando tengas la intuición de que la combinación de ambos puede merecer la pena.

P.D.’ Algunos datos:

• Alrededor de 400.000 personas padecen en España algún trastorno de la conducta alimentaria (TCA).
• En EE.UU. la anorexia nerviosa supone ya la tercera enfermedad crónica más frecuente entre mujeres adolescentes, después de la obesidad y el asma.
• El 70 % de los adolescentes no se siente a gusto con su cuerpo y seis de cada diez chicas creen que serían más felices si estuvieran más delgadas.
• Ciertos rasgos de personalidad como una autoexigencia muy elevada, perfeccionismo obsesivo, necesidad de control y rigidez cognitiva están muy relacionados con la aparición de un TCA.
• Las personas con trastornos de alimentación no han elegido vivir así. Son enfermedades médicas con una influencia biológica.

P.D.’‘ Recursos de ayuda:

Libros destacados (selección de los que, a mí personalmente, más me han ayudado e inspirado):

 

MENÉNDEZ, Isabel (2006): Alimentación emocional. Grijalbo. Gracias a la autora, puedes descargarlo aquí.

Chopra, D., & Merino Sánchez, M. ¿De qué tienes hambre?.

Hay, L., Khadro, A. and Dane, H. (2015). Pensamientos y alimentos.

Roth, G. (2014). Cuando la comida sustituye al amor: la relacion entre las carencias afectivas y nuestra actitud ante la comida.


Asociación especializada en TCAs (en mi caso, ha ayudado mucho a mis familiares):


ADANER

 

¿Y tú? ¿Eres de los que esperan al «momento perfecto»?

Yo sí. Soy (o era, quizá) de ese tipo de personas que suelen esperar, en general en la vida, a que las circunstancias sean las más adecuadas, según mi ideal preconcebido de ‘perfección’. Y esto, en cierto modo, tiene sus ventajas, aunque no son menos importantes los inconvenientes.

En primer lugar, porque lo ‘perfecto’ es absolutamente relativo. Esto implica que, dándose las mismas circunstancias, unas personas pueden estar viviendo una cosa y, otras personas, otra totalmente distinta. Y ninguna perspectiva es mejor ni peor, simplemente, son diferentes formas de entender la vida (¡y menos mal que existe la diversidad!).

Además, es muy posible que nuestra concepción de lo que podría ser ‘perfecto’ vaya evolucionando con el paso del tiempo (fundamentalmente, a medida que aumente tu madurez personal y/o cambie tu escala de prioridades en la vida). Y, en cualquier caso, especialmente aquellos que solemos esperar al ‘momento perfecto’, estamos expuestos a dos riesgos importantes:

Por un lado, el de invertir mucho tiempo y esfuerzo para conseguir esas circunstancias ‘perfectas’ -esto aplica a cualquier ámbito de la vida-, dándose el caso de que, una vez que las consigas, pienses que: «¡vaya!, no es suficiente, quizá podría conseguir aún más, quizá -lo que quiera que sea- podría ser, aún más, «PERFECTO»». Esta situación, aunque pudiera parecer banal, nos conduce, generalmente, a sentimientos profundos de frustración personal e insatisfacción cuasi-permanente y, en definitiva, nos aleja de lo que pudiera parecerse a un estado de felicidad.

Por otra parte (y no menos importante), en mi opinión, los perfeccionistas corremos el riesgo de perder la capacidad de apreciar lo que SÍ tenemos ya (hoy, en este momento). Y esto es ‘peligroso’, pues la vida es muy corta (o muy larga, no sabemos). Y como se suele decir, «nunca sabes lo que tienes, hasta que lo pierdes». Por eso, creo que es fundamental tener esto en cuenta antes de ‘lanzar’ la orden a nuestra mente de dirigirse hacia aquello que consideramos ‘perfecto’, para que no se olvide nunca de que lo más importante es el AQUÍ y el AHORA.

Ahora bien, quizá te estés preguntado cuál es el porqué de esta reflexión personal. El motivo de plantearla es el siguiente: hace unos meses finalicé mi certificación como Coach y, a partir de ahí, decidí que crearía una página web personal en la que exponer distintas reflexiones y que, en definitiva, me alentara a seguir profundizado en este apasionante mundo del coaching y del desarrollo personal y profesional, que tanto me ha cambiado mi forma de ver y de entender la vida.

Pues bien, así lo hice. Dediqué muchos fines de semana a aprender todo lo necesario para crear por mi cuenta una web y me ‘instruí’ en muchísimos aspectos de marketing digital. No obstante, desde septiembre me he visto obligada a priorizar mi salud e iniciar un determinado tratamiento especialista, lo cual ha hecho que esa página web quedara en el olvido, a la espera de que existieran mejores circunstancias en mi vida.

Y la verdad es que no sé muy bien por qué pero, ante esta situación -e incluso creo que gracias también a la lección de vida que me está aportando el tratamiento de salud que he iniciado (¡qué paradojas tiene la vida!)-, me he dado cuenta de que no tiene absolutamente ningún sentido ‘aparcar’ las cosas que realmente queremos hacer y esperar al «MOMENTO PERFECTO».

Es por ello que hoy, 1 de noviembre de 2018, publico, tal cual, la página web que dejé ‘a medias/no-perfecta’ y la inauguro con esta primera entrada en el blog.

A partir de aquí, el resto lo irá dictando el tiempo y los avatares de la vida pero, al menos hoy, me iré a la cama sintiéndome orgullosa de mí por haber honrado los principios y el estilo de vida que me ha aportado el mundo del desarrollo personal, el cual, por cierto, será la base principal de la web que hoy sale a la luz.

P.D. No olvides nunca que: «HECHO, es mejor que PERFECTO».