Hay divorcios que quizá sean muy necesarios -vaya por delante que nunca me he casado en el sentido estricto de la palabra, por lo que probablemente sea la persona menos indicada para utilizar este término, no obstante, me aventuro a utilizarlo como símbolo-.

Por ejemplo, hace bastante tiempo que decidí empezar a vivir sin esperar nada en concreto de nadie. Se trataba de este círculo vicioso de pensamientos que consiste, básicamente, en lo siguiente: «yo creo que he hecho por ti X»; por lo tanto, «esperaría de ti Y»; y, al final, lo que se materializa en realidad es «Z» (o nada en el peor -o mejor, según se mire- de los casos).

En definitiva, me di cuenta de que esperar algo en concreto de alguien era totalmente absurdo. Primero, porque uno no sabe cómo percibió la otra persona algo que TÚ CREES que hiciste por ella (cuando, a lo mejor, ni siquiera esa persona te pidió -e incluso quería- que hicieras nada POR ella). Segundo, porque es realmente difícil que nuestra interpretación de la realidad coincida con nuestra idea previa de cómo ‘tenía que ser’ tal realidad. Y tercero, porque, básicamente, «EL QUE ESPERA, DESESPERA» (en cualquier ámbito de la vida).

Podría decirse entonces que, en su momento, me divorcié de las «expectativas externas». Quizá, como cualquier divorcio, el proceso fue extraño y complicado al principio. Pero, quizá también, como cualquier divorcio necesario y/o exitoso, la decisión dio lugar a una nueva forma de vida mejorada, caracterizada por un mayor bienestar mental y llena de beneficios inesperados.

Sin embargo, me llama la atención que, en casi 30 años de vida, en ningún momento me había planteado hasta ahora qué hay de las «expectativas internas/propias» y cómo es mi relación con ellas [más que nada, para valorar si debiera estar vinculada a ellas ‘hasta que la muerte nos separe’ o si, a lo mejor, quizá sea necesario emprender otro proceso de divorcio amistoso].

En el momento en el que una duda asalta tu mente, es habitual que te plantees los distintos escenarios para tratar de llegar a una conclusión que sea, más o menos, acertada. Ahí va mi experiencia personal de este proceso:

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Escenario 1 – Vivir CON expectativas

Descripción: básicamente, tener una idea preconcebida de cómo debería ser tu vida en los diferentes ámbitos vitales (salud, trabajo, familia, amor, vida social, desarrollo personal & profesional, etc.).

Eje temporal predominante: FUTURO.

Resultado: GAME OVER – TRY AGAIN! (o, peor aún, «INSERT ‘COINS’ TO CONTINUE»).

Escenario 2 – Vivir SIN expectativas

Descripción; básicamente, no PRE-ocuparte de cómo CREES que debería ser tu vida y limitarte, ni más ni menos, que a vivirla (tal y como sea en cada momento).

Eje temporal predominante: PRESENTE.

Resultado: WELL DONE – CONTINUE PLAYING 😉

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De un vistazo, la conclusión parece ser bastante clara: mi proceso de divorcio de las EXPECTATIVAS es más que necesario. No obstante, profundizando un poco más, reflexionaba lo siguiente:

Al plantearme el primer escenario (vivir CON expectativas) he tenido dos noticias, una mala: me he dado cuenta de que mi relación con las expectativas propias que tengo (o tenía) de cómo debería ser mi vida y yo misma no es recomendable ni la opción más inteligente -es más, diría que no tiene ningún sentido-; y una buena: me he dado cuenta de ello.

Al plantearme el segundo escenario (vivir SIN expectativas) lo que he tenido ha sido una especie de ‘revelación’ y miles de preguntas; ¿qué sentido tiene PRE-ocuparse por un futuro que aún no existe?, ¿qué consecuencias tiene hacerlo? y, la más importante, ¿cuál es el coste de oportunidad de este ‘modo de vida’?

Pues bien, en mi opinión, ahí está la clave, en el COSTE DE OPORTUNIDAD.

¿Por qué? ->

Hoy en día, se sabe que la atención es limitada y, por tanto, cuando nos enfocamos tanto en idealizar el FUTURO, la consecuencia inevitable es que no somos prácticamente capaces de ver (y valorar) el PRESENTE.

De esta forma, si no reaccionamos por algún motivo, es muy probable que, ayudados -¡cómo no!- de la mente lógica / racional, vayamos construyéndonos una ‘estupenda’ realidad paralela basada en las EXPECTATIVAS, y en la que el sufrimiento y la frustración, tarde o temprano, están más que asegurados [al menos yo, no conozco a nadie a quien la realidad se le presente tal y cómo a él/ella le gustaría y había proyectado previamente en su mente].

En definitiva, ya sea pronto o tarde, ha llegado el momento en mi vida de emprender un nuevo proceso, el de divorciarme de las expectativas (esta vez de las propias).

Intuyo que no será fácil, pues lo cierto es que son 29 años de muy estrecha relación con ellas (diría hasta que las tengo mucho cariño), por lo que no tengo ni idea de cómo abordar el proceso ni de por dónde empezar a DESAPRENDER.

Sin embargo, me lo voy a tomar como una especie de experimento o, mejor aún, como un juego [y es que, quizá, esto de vivir no sea nada más ni nada menos que eso, un JUEGO].

En fin, ¿será otro divorcio necesario / exitoso? El tiempo (PRESENTE) dirá…

– TO BE CONTINUED –