Dicen que cuando menos te lo esperas va la vida y te sorprende. Y qué cierto es. La verdad es que lo llevaba intuyendo (y comprobando) desde hace bastante tiempo pero, una vez más, por si se me había olvidado, la vida me ha vuelto a regalar una gran lección…

…Érase una vez una chica que, actualmente, se podría decir que lo tenía todo (al menos, todo lo necesario para llevar una vida plena). Ese pack de «todo» incluye una familia sana, un buen trabajo, un buen estado físico, una mente lúcida, personas que la quieren y con las que compartir buenos momentos, un coche nuevo que le encanta, e incluso, había conseguido ilusionarse con un chico en los últimos meses (cosa que no es fácil que le ocurra).

Para completar el pack, creía que en este momento sólo le faltaba una cosa, algo que llevaba esperando casi un año por retrasos ajenos a su voluntad. Esta cosa (y quizá ese sea el problema, que olvidó que se trataba de una «cosa», es decir, algo material) es una casa nueva. Sí, por fin le habían entregado su casa en Madrid, eso que le devolvería su espacio, vivir de nuevo con total independencia, estrenar, ordenar, decorar… En fin, parecía que el cielo se abriría una vez tuviera su nuevo hogar, después de la larga espera.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El cielo no sólo no se ha abierto, sino que ha dejado paso a un gran vendaval, cargado de nubes grises y un sinfín de reacciones y sentimientos, nada buenos, que no le han dejado más que una profunda sensación de vacío interior. «¿Qué es lo que ocurre? ¿Cómo puede ser? Se pregunta esta chica desconcertada…».

Pues bien, lo que ocurre no es, ni más ni menos, que esta chica (la misma que está escribiendo estas líneas, por cierto) había olvidado, una vez más, que lo material no trae consigo la felicidad. Nunca ocurre así.

Es más, esta chica había sido tan ilusa todo este tiempo que creía que el estreno de su casa nueva haría desaparecer -así, como por arte de magia- a uno de los mayores fantasmas de su vida (por denominarlo de alguna manera). Este fantasma tiene nombre y apellidos y, por todas aquellas personas que nos hemos sentido atrapadas por él en algún momento, se merece sacarlo a luz: el fantasma se llama «trastorno de alimentación«. Y es aquí donde empieza (o acaba) toda la historia, porque es tal el poder de este fantasma que, con su mera presencia, es capaz de nublarlo absolutamente todo.

Es por tanto en este momento, en el que el fantasma ha vuelto a aparecer en mi vida con más fuerza que nunca, en el que estoy intentando descifrar e interiorizar la nueva gran lección de vida que trata de aportarme con su presencia. Y es que, en mi opinión, un trastorno de alimentación (aunque lo denomine fantasma por lo difícil que te hace la vida) en realidad no es sino un ‘despertador‘ para las personas que lo sufrimos. Algo que necesitamos interpretar y que aparece porque hay algún aspecto que no funciona bien en nuestro interior, aunque todavía no sepamos qué es. Y, sobre todo, es algo que nos va a convertir, inexorablemente, en personas reforzadas una vez consigamos entender por qué nos ocurre y seamos capaces de superarlo.

Sin embargo, con conocimiento de causa, puedo decir que la superación de un problema de este tipo (en el que, por algún motivo y sin fecha aparente de caducidad, has decidido que tu sensación de bienestar y felicidad depende casi exclusivamente de lo que diga el número de una báscula y/o de la imagen que crees que proyecta un espejo) no es sencilla y ni mucho menos rápida.

Es más, todavía no tengo absolutamente ni idea de cómo interpretar que, justo ahora, cuando todo en mi vida debía ir sobre ruedas y, aparentemente, no me faltaba nada para ser mínimamente feliz, esté de nuevo aquí el fantasma, acompañándome… [En cualquier caso, estoy segura de que con el tiempo descifraré cuál es la nueva lección del fantasma y hasta nos haremos amigos].

Sin embargo, en estos años de estrecha y complicada convivencia con el fantasma, sí he aprendido no obstante otras lecciones que me siento en la obligación de aplicar y divulgar, por si le fueran de utilidad a alguien. En concreto, destacaría dos:

«Si quieres ir rápido, camina solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado»; en mi caso, fui capaz de mantener oculto este problema a las personas que más quiero (mis padres y mi hermana) durante aproximadamente 4 años. ¿De qué sirvió? De absolutamente NADA. Todavía no me han dado ninguna medalla por haber sufrido en silencio para que otros no sufrieran. Tampoco he ganado el Óscar a la mejor actriz revelación ya que mi mirada, en el fondo, no engañaba. Por eso, creo que ha llegado el momento de compartirlo abiertamente, no sólo con las personas que más quiero, sino con todas aquellas otras personas que puedan estar pasando por algo parecido, para que nunca olviden que no están SOL@S, ni lo estarán jamás.

«What defines us is how well we rise after falling»; hoy en día se habla mucho de RESILIENCIA, siendo incluso una competencia muy valorada en el ámbito laboral. Según la RAE, la resiliencia es la «capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas». En mi experiencia, las personas que sufren un trastorno de alimentación saben muy bien lo que es la resiliencia y suelen ser el más vivo ejemplo de este concepto; puedes estar viviendo uno de los peores momentos de la enfermedad y, aun así, ser capaz de ir a dar lo mejor de ti en un trabajo, un examen, una cita, etc., (e incluso te atreves a intentar aparentar que todo está bien -y lo cierto es que muchas veces se consigue-). En definitiva, la lección es que no importa el número de veces que te caigas (que suelen ser muchas) ni cuánto duelan las caídas, sino que lo más importante es encontrar siempre el modo de levantarse, e incluso seguir construyendo una mejor versión de ti mismo [me imagino que el truco/reto de todo esto debe estar en conseguir evolucionar a nivel personal, sin que sea ‘necesario’ caerte previamente].

En definitiva, con esta nueva entrada en el blog lo último que querría es alarmar a las personas que me conocen y me aprecian, entre otras cosas porque, afortunadamente, en mi caso estoy ya en una fase muy avanzada de la recuperación, simplemente me ha tocado recibir una nueva gran lección 😉

Sin embargo, sí creo que esta gran lección puede extrapolarse a otras vidas en general; vidas de personas que, como yo, hayan podido llegar a pensar por un instante que algo de carácter material les traería un gramo de felicidad.

P.D. Moraleja:

• No te fíes nunca de las apariencias. Las personas esconden mucho más de lo que muestran. Hay grandes tesoros (y sombras) en el interior de cada uno. La clave está en atreverse a descubrirlos cuando tengas la intuición de que la combinación de ambos puede merecer la pena.

P.D.’ Algunos datos:

• Alrededor de 400.000 personas padecen en España algún trastorno de la conducta alimentaria (TCA).
• En EE.UU. la anorexia nerviosa supone ya la tercera enfermedad crónica más frecuente entre mujeres adolescentes, después de la obesidad y el asma.
• El 70 % de los adolescentes no se siente a gusto con su cuerpo y seis de cada diez chicas creen que serían más felices si estuvieran más delgadas.
• Ciertos rasgos de personalidad como una autoexigencia muy elevada, perfeccionismo obsesivo, necesidad de control y rigidez cognitiva están muy relacionados con la aparición de un TCA.
• Las personas con trastornos de alimentación no han elegido vivir así. Son enfermedades médicas con una influencia biológica.

P.D.’‘ Recursos de ayuda:

Libros destacados (selección de los que, a mí personalmente, más me han ayudado e inspirado):

 

MENÉNDEZ, Isabel (2006): Alimentación emocional. Grijalbo. Gracias a la autora, puedes descargarlo aquí.

Chopra, D., & Merino Sánchez, M. ¿De qué tienes hambre?.

Hay, L., Khadro, A. and Dane, H. (2015). Pensamientos y alimentos.

Roth, G. (2014). Cuando la comida sustituye al amor: la relacion entre las carencias afectivas y nuestra actitud ante la comida.


Asociación especializada en TCAs (en mi caso, ha ayudado mucho a mis familiares):


ADANER